enero 17, 2014
enero 16, 2014
enero 15, 2014
La noche que murió Juan Gelman
que encegueció
mi lengua.
junio 03, 2013
agosto 27, 2011
Parodia de los hipopótamos empedernidos.
Han pasado ya tres horas desde que mi hijo entró en esa librería de libros usados y todavía no ha salido. Cuando yo entré la primera vez me pasó lo mismo, pero el miedo que siento ahora es mucho más grande. Si bien mi hijo es muy inteligente y estoy seguro que sobrevivirá los libros de aventuras, no estoy seguro de cómo enfrentará los ataques de las enciclopedias infiltradas. Dichas enciclopedias llegan generalmente a los estantes de las librerías de segunda mano por infructuosos mercaderes organizados por la iglesia. Estos individuos están vestidos con uniformes limpios, de chaqueta y corbata y poseen una habilidad oral aterradora. Generalmente dejan los libros en lugares estratégicos, como por ejemplo al lado de los cuentos de hadas. Cuando yo entré la primera vez a esa librería, encontré unos cuantos justo a lado de la colección de Roahl Dhal. Tenían una fotografía colorida que llamaba la atención; las letras eran exorbitantemente grandes. Aunque yo estaba interesado en ojear y comparar las diferentes copias de Matilda, no pude resistir tomar uno de estos libros en mis manos. Al abrirlo me encontré con un librito más pequeño, muy bien impreso y con ilustraciones a color, que contaba la historia de cómo un chico de 14 años, había sido condenado al infierno por haberse enamorado de otro chico. Y de cómo, gracias al arrepentimiento y bajo el juramento de no volver a enamorarse de otro chico, sería perdonado y se salvaría de morir en el infierno por otro personaje, supuestamente el más poderoso del mundo. A este personaje le llaman Dios, y es usado para asustar a los niños, haciéndoles creer que si no hacen lo que él quiere, corren el riesgo de ser castigados heredando una vida llena de penas y miseria. En el librito, el infierno es generalmente descrito como un lugar rojo, donde hace mucho calor porque hay fuego por todas partes; lo dibujan con unas llamas enormes y la cara del muchacho expresa terror. Está implícito en las ilustraciones de este librito, que quien desobedezca terminará con la misma cara de terror del muchacho del dibujo. Nunca queda clara la definición de pena o miseria. Lo que sí queda muy claro, es que es mejor no arriesgarse a desobedecerlo.
¿Cómo la estará pasando mi hijo dentro de la librería? ¿Estará leyendo los libritos?
Ojalá que salga pronto, para abrazarlo y caminar juntos, atravesar el puente y enseñarle lo que más me gusta de las puestas del sol.
septiembre 06, 2009
Cañón Corto.
Al levantarse metió los pies en el charco de sangre y se frotó los ojos después de escurrirse los ruedos. La animaba el recuerdo del café. En la cocina encontró el vómito intacto de la noche anterior con los pedacitos de manzana brillantes por la flema. El hambre hizo que la lengua se le desplomara y tuvo que sostenérsela con las dos manos para no comerse el potaje. Abrió la lata del café y pudo prepararse la última taza, que se tomó sentada junto al cristal de la ventana hasta perderse de nuevo con el aroma mientras pensaba qué haría. El revólver estaba en la tienda con la señorita Kobarelova y su ansiedad se incrementaba con el paso del tiempo. Tomó la libreta teléfonica y empezó a buscar el nombre de aquel hombre. Cuando vio la mancha negra del grueso marcador sobre su número, sintió miedo al acordarse de todo. Cerró el libro y se hechó al suelo en posición fetal. Segundos más tarde sonó el teléfono y una voz femenina se escuchó del otro lado del auricular:
-Mi madre está muy enferma Antonella.
-¡ Y a mí qué me importa! - Colgó el teléfono y lloró por un buen rato.
-Siempre te dejaba todo intacto mamá- Susurraba entre sollozos.
Cuando los policías entraron al departamento encontraron esta nota sobre el sofá:
Victor, a mí también me hicieron desproporcionada.
Es muy probable "Marqués" que en sus andanzas haya estimado en demasía a esta "mujer". Le agradó tenerla entre sus brazos mientras mordía sus protuberantes labios de serpiente y sin embargo ha tenido el desgano de abandonarla sin delicadeza, amarrada al collar rojo que le tejió su madre. Un collar concebido con la intención de liberarlo de sus maldiciones. Sus acciones no sólo me han causado una desenfrenada congestión estomacal sino además un desprecio pertubador hacia el Código de la moral y las buenas costumbres.
Llovía un diluvio mientras Antonella caminaba por las calles frías y deshabitadas. La sangre le corría por las piernas, mezclada con el agua de la lluvia, enchumbándole los pantalones. Desvanecida frente al graffiti "Bicha, cañón corto" al pie del paredón de la avenida, escuchaba el eco de las gotas sobre el pavimento como si estuviese metida en un túnel.
